martes 29 de noviembre de 2011
Los mejores de la raza
No hay nada que discutir
no hay nada que recordar
no hay nada que olvidar
es triste
y
no es
triste
parece que la cosa más
sensata
que una persona puede
hacer
es
sentarse
con una bebida
en la mano
mientras las paredes
ofrecen
sonrisas
de despedida
uno puede atravesar
todo
esto
con una cierta
cantidad de
eficiencia y
coraje
para luego
irse
algunos aceptan
la posibilidad de un dios
que los ayuden
a superarlo
otros lo aceptan
tal y como es
y por éstos
bebo esta noche.
Charles Bukowski, "You get so alone at times that it just makes sense", 1986.
no hay nada que recordar
no hay nada que olvidar
es triste
y
no es
triste
parece que la cosa más
sensata
que una persona puede
hacer
es
sentarse
con una bebida
en la mano
mientras las paredes
ofrecen
sonrisas
de despedida
uno puede atravesar
todo
esto
con una cierta
cantidad de
eficiencia y
coraje
para luego
irse
algunos aceptan
la posibilidad de un dios
que los ayuden
a superarlo
otros lo aceptan
tal y como es
y por éstos
bebo esta noche.
Charles Bukowski, "You get so alone at times that it just makes sense", 1986.
domingo 20 de noviembre de 2011
La importancia de leer y tomar cerveza
"He oído decir con frecuencia a la gente que usted está loco", le asestó un día el SS Léon Degrelle a Hitler. Éste contesto: "Si fuera como los demás, ahora estaría sentado en un bar, tomándome una cerveza".
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hace más fácil la vida
viernes 4 de noviembre de 2011
Fraile Muerto
Nos habíamos reunido a disfrutar de una cena que prometía. La iban a preparar dos jóvenes japoneses con especias e ingredientes de aquel país. Así que aproveché para abrir una cerveza. La anfitriona, una cocinera aficionada con buenas dotes para tal oficio, estaba gustosa de tener a estos dos chicos usando su cocina. Al menos, así me parecía. Había otro invitado más, un filósofo con mucho filo todavía, a pesar de su avanzada edad.
Nos recorrimos viejas teorías y nos burlamos un poco del ego de muchos escritores. En especial los poetas. Será por eso que los evito a toda costa. Al principio, la curiosidad me inducía a conocerlos, pero casi de inmediato me arrepentía. Son una extraña especie la mayoría, muy sensibles y con un ego elevado que los vuelve tan ajenos a mí. Recordé de inmediato al entrañable Teddy, personaje de un cuento que lleva su nombre, escrito por Salinger, cuando dijo que "los poetas siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción". Eso los vuelve parientes muy cercanos de Narciso. O como dijo mi amigo Bukowski, "lo mejor de un escritor está en sus libros, lo demás, por lo general, es basura". Hank solía ser un radical.
La charla se ponía interesante aunque por minutos me llamaba al silencio y me sumergía en mi vaso, el maravilloso color ámbar de mi cerveza se me antoja mágico. En un momento, hablamos de Vallejo, poeta que el filósofo asume como el mejor de nuestra lengua. Y se recitó algunos versos maravillosos. Hasta ahora no le puedo dar la contra, pero quizá sólo sea cuestión de tiempo. Mientras tanto la cerveza se terminaba y los dos jóvenes japoneses revolvían ollas y hablaban en su extraño idioma.
Hasta que salió a luz el asunto. Como quien no quiere la cosa. El nombre de la pequeña ciudad cordobesa donde viví hasta hace poco tiempo.
—"Bell Ville"... ese nombre lo puso Sarmiento —dijo el filósofo.
—Así es. Un nombre de mierda pero está en inglés, como corresponde.
—Viejo racista.
Y aquí cometí una torpeza. Una de las tantas que todavía sigo cometiendo.
—Pero al menos es mejor que el antiguo nombre, "Fraile Muerto" —dije, tontamente.
—Pero qué decís —me escupió mi interlocutor—, "Fraile Muerto" es un nombre extraordinario. A mí me gustaría que todos los frailes estuvieran muertos.
Me tomé de un solo trago el contenido de mi vaso. Tenía toda la razón.
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amistad,
Argentina me ha calado hondo,
Vallejo
lunes 24 de octubre de 2011
36
Alejandra Pizarnik (1936 - 1972). Nació en Buenos Aires, hija de inmigrantes rusos. Tuvo una infancia y adolescencia atormentada por su autopercepción física y marcada por trastornos de personalidad. El 25 de setiembre de 1972, cuando sólo tenía 36 años, salió de la clínica psiquiátrica, donde se encontraba internada, y se suicidó con una sobredosis de barbitúricos.
Las lilas, elemento metafórico con el que idealiza el lugar añorado; la oscuridad de la noche y las sombras parecen repetirse en toda su oscura composición poética.
Esto es sólo una muestra pequeña y arbitraria de su obra.
1.
LA JAULA
Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
LA ÚNICA HERIDA
¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?
He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
LA NOCHE
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y mas aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre esa nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
2.
RESCATE
Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado del río, no éste sino aquél.
3.
el silencio es luz
el canto sabio de la desdicha
emana tiempo primitivo
buscaba la piedra no el pan
un himno inocente no las maldiciones
el conocimiento de mis nombres
para olvidarlos y olvidarme
pero lo que no busqué es el exilio
ni tampoco me dije mentiras
no adoré al sol
pero no esperé esta luz negra
al filo del mediodía
---------------------
cuidado con las palabras
(dijo)
tienen filo
te cortarán la lengua
cuidado
te hundirán en la cárcel
cuidado
no despertar a las palabras
acuéstate en las arenas negras
y que el mar te entierre
y que los cuervos se suiciden en tus ojos cerrados
cuídate
no tientes a los ángeles de las vocales
no atraigas frases
poemas
versos
no tienes nada que decir
nada que defender
sueña sueña que no estás aquí
que ya te has ido
que todo ha terminado
---------------------
Como una idiota cruzando la calle
tengo miedo, me río, me saludo en el espejo
con una sábana hedionda,
me corto de raíz,
me escupo, me execro.
Como una santa acosada
por voces angélicas
me hundo en la canción de las plagas
y me vengo, me renuncio,
me silencio, me recuerdo.
4.
BUSCAR
No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.
5.
SALA DE PSICOPATOLOGÍA.
Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St. Pierre,
Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santíllana del Mar, Marbella,
Segovia, Ávila, Santiago,
y tanto
y tanto
por no hablar de New York y del West Víllage con rastros de muchachas estranguladas
-quiero que me estrangule un negro -dijo
-lo que querés es que te viole -dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté en las mejores playas de Europa)
y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,
aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
persuadiéndome día a día
de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,
-una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:
-El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,
pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero
(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre pelos como de rabinos desaseados - ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
-¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala - verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror, y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
0, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
-¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable fluir del murmullo. A veces -casi siempre- estoy húmeda. Soy una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse,
(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada de mí)
Y
Que te encuentres con vos misma - dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has tenido madre (ni padre, es obvio).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO- ALIANZA con Ellos
- Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado en lo oculto como un pírata no poco funesto pues las monedas de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto lleno de espejos rotos y sal volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)
Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?
El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente, le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar la vida» (Marx)
«Cambiar el hombre» (Rimbaud)
Freud:
«La pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda, muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de «los románticos alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué hice del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo - tuvo que saber
que de allí no se vuelve
se alejó - me alejé
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.

1. "Las aventuras perdidas", 1958.
2. "Extracción de la piedra de la locura", 1963.
3. Poemas no recogidos en libros, 1956 - 1960.
4. Poemas no recogidos en libros, 1962 - 1972.
5. Textos de sombra, 1971.
Las lilas, elemento metafórico con el que idealiza el lugar añorado; la oscuridad de la noche y las sombras parecen repetirse en toda su oscura composición poética.
Esto es sólo una muestra pequeña y arbitraria de su obra.
1.
LA JAULA
Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
LA ÚNICA HERIDA
¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?
He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
LA NOCHE
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y mas aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre esa nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
2.
RESCATE
Y es siempre el jardín de lilas del otro lado del río. Si el alma pregunta si queda lejos se le responderá: del otro lado del río, no éste sino aquél.
3.
el silencio es luz
el canto sabio de la desdicha
emana tiempo primitivo
buscaba la piedra no el pan
un himno inocente no las maldiciones
el conocimiento de mis nombres
para olvidarlos y olvidarme
pero lo que no busqué es el exilio
ni tampoco me dije mentiras
no adoré al sol
pero no esperé esta luz negra
al filo del mediodía
---------------------
cuidado con las palabras
(dijo)
tienen filo
te cortarán la lengua
cuidado
te hundirán en la cárcel
cuidado
no despertar a las palabras
acuéstate en las arenas negras
y que el mar te entierre
y que los cuervos se suiciden en tus ojos cerrados
cuídate
no tientes a los ángeles de las vocales
no atraigas frases
poemas
versos
no tienes nada que decir
nada que defender
sueña sueña que no estás aquí
que ya te has ido
que todo ha terminado
---------------------
Como una idiota cruzando la calle
tengo miedo, me río, me saludo en el espejo
con una sábana hedionda,
me corto de raíz,
me escupo, me execro.
Como una santa acosada
por voces angélicas
me hundo en la canción de las plagas
y me vengo, me renuncio,
me silencio, me recuerdo.
4.
BUSCAR
No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.
5.
SALA DE PSICOPATOLOGÍA.
Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St. Pierre,
Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santíllana del Mar, Marbella,
Segovia, Ávila, Santiago,
y tanto
y tanto
por no hablar de New York y del West Víllage con rastros de muchachas estranguladas
-quiero que me estrangule un negro -dijo
-lo que querés es que te viole -dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté en las mejores playas de Europa)
y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,
aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
persuadiéndome día a día
de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,
-una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:
-El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,
pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero
(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre pelos como de rabinos desaseados - ¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
-¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala - verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror, y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
0, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
-¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable fluir del murmullo. A veces -casi siempre- estoy húmeda. Soy una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda
Concha de corazón de criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse,
(Ridículamente te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada de mí)
Y
Que te encuentres con vos misma - dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio
vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has tenido madre (ni padre, es obvio).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de absoluta NO- ALIANZA con Ellos
- Ellos son todos y yo soy yo-
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado en lo oculto como un pírata no poco funesto pues las monedas de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto lleno de espejos rotos y sal volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)
Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque - oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?
El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente, le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar la vida» (Marx)
«Cambiar el hombre» (Rimbaud)
Freud:
«La pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda, muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de «los románticos alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo solo estaba, ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y a Kierkegaard
Y a Dostoyevski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué hice del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo - tuvo que saber
que de allí no se vuelve
se alejó - me alejé
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo, por mi parte, no puedo más.

1. "Las aventuras perdidas", 1958.
2. "Extracción de la piedra de la locura", 1963.
3. Poemas no recogidos en libros, 1956 - 1960.
4. Poemas no recogidos en libros, 1962 - 1972.
5. Textos de sombra, 1971.
Etiquetas:
hace más fácil la vida,
verdadera poesía
lunes 17 de octubre de 2011
Manual de combate
Dijeron que Celine era nazi
dijeron que Pound era fascista
dijeron que Hamsun era nazi
pusieron a Dostoievsky al frente de un
pelotón de fusilamiento
y ya sabes que le dispararon a Lorca
a Heminwgay le dieron electroshocks
y ya sabes que despúes se pegó un tiro
y echaron a Villon fuera de la ciudad (París)
y Mayakovsky
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados
bueno
también se pegó un tiro.
Chatterton tomó veneno para ratas
y funcionó.
Y algunos dicen que Malcom Lowry murió
ahogado en su propio vómito
borracho.
Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no prendió el horno.
Séneca* se cortó las muñecas en la
tina (es lo mejor:
en agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir.
Hay muchos más
¿y tú quieres ser
escritor?
Es ese tipo de guerra,
ya lo sabes:
crear te mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo
y no lo pueden hacer
nunca más.
Unos pocos llegan a viejos.
Unos pocos hacen dinero.
Algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
Es ese tipo de guerra:
bajas por todos lados.
Está bien, adelante
pero cuando te golpeen
por el lado que menos esperas
no vengas a contarme tus
problemas.
He escrito esto
esta noche
sobre la mesa de la cocina
mientras escuchaba la
Music for the Royal Fireworks
de Handel.
Ahora me voy a fumar un cigarrillo
a la tina
y después me iré
a dormir.
Charles Bukowski, "combat primer", 1978.
dijeron que Pound era fascista
dijeron que Hamsun era nazi
pusieron a Dostoievsky al frente de un
pelotón de fusilamiento
y ya sabes que le dispararon a Lorca
a Heminwgay le dieron electroshocks
y ya sabes que despúes se pegó un tiro
y echaron a Villon fuera de la ciudad (París)
y Mayakovsky
desilusionado con el régimen
y luego de una pelea de enamorados
bueno
también se pegó un tiro.
Chatterton tomó veneno para ratas
y funcionó.
Y algunos dicen que Malcom Lowry murió
ahogado en su propio vómito
borracho.
Crane se tiró a las hélices
del barco o a los tiburones.
El sol de Harry Crosby era negro.
Berryman prefirió el puente.
Plath no prendió el horno.
Séneca* se cortó las muñecas en la
tina (es lo mejor:
en agua tibia)
Thomas y Behan se emborracharon
hasta morir.
Hay muchos más
¿y tú quieres ser
escritor?
Es ese tipo de guerra,
ya lo sabes:
crear te mata,
muchos se vuelven locos,
algunos pierden el rumbo
y no lo pueden hacer
nunca más.
Unos pocos llegan a viejos.
Unos pocos hacen dinero.
Algunos se mueren de hambre (como Vallejo).
Es ese tipo de guerra:
bajas por todos lados.
Está bien, adelante
pero cuando te golpeen
por el lado que menos esperas
no vengas a contarme tus
problemas.
He escrito esto
esta noche
sobre la mesa de la cocina
mientras escuchaba la
Music for the Royal Fireworks
de Handel.
Ahora me voy a fumar un cigarrillo
a la tina
y después me iré
a dormir.
*En el original, como podrán ver en la imagen de abajo, el escritor dice Pascal. Me pareció extraño encontrar a Pascal en este poema. El que murió de esa manera en la tina fue Séneca en un famoso episodio del cual, incluso, existen cuadros. He revisado otras traducciones y también incluyen a Séneca, aunque sin ninguna aclaración. A lo mejor, es otra de las equivocaciones de Bukowski. Muy característico en su escritura.
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martes 11 de octubre de 2011
El virus
El pueblo entero se había sumergido en el desamparo después de las primeras muertes. Como si una maldición hubiese caído sobre ellos. Al comienzo, en la noche del primer día, no lograron advertir que la enfermedad era sumamente contagiosa y que el desmayo con el que se anunciaba era sólo la expeditiva antesala para la más horrible de las muertes. Los enfermos eran devorados por dentro, la piel se iba cayendo casi en una sola pieza, y los oídos, narices y cualquier otra hendidura del cuerpo se convertían en manantiales de sangre. Todo fue rápido. Esa noche, se supo del primer infectado, Juan Pablo Morón, un comerciante que se había sentido enfermo, como debilitado, cerca del mediodía, luego del almuerzo. Se supo que había dormido una siesta, que sintió reparadora, y que había salido en busca de su novia, al otro lado del pueblo, con quien tenía planeado salir a pasear por las calles del lugar. Más tarde, en el cine, algunos tuvieron el tiempo de relatar que al final de la película Juan Pablo tosía incansablemente. Cuando la película terminó y prendieron las luces del salón, su novia y los concurrentes de las butacas contiguas, pudieron ver la piel hinchada de Juan Pablo, llena de ronchas, y las uñas enrojecidas. Algunos pocos dijeron que ya olía a muerte cuando la vieja ambulancia llegó rauda a la puerta del cine.
A la medianoche, tan sólo unas horas después, uno de los médicos de guardia del hospital llamó a la Agencia Nacional de Salud suplicando que enviaran un equipo especial al pueblo. La sala de emergencias del pequeño hospital se estaba atiborrando de personas moribundas que caían desplomadas a las camillas antes de que empezaran a manchar de sangre todo el lugar. El angustiado médico había decidido vestirse con el traje hermético para casos especiales y sostenía la hipótesis de que un agente altamente tóxico y contagioso se había propagado por todo el pueblo. Desde la Agencia le pidieron que remitiera más datos (historias médicas, análisis clínicos, registros fotográficos) mediante el Sistema Federal de Alertas y que se mantuviera muy atento pues le enviarían nuevas instrucciones. Trataron de tranquilizarlo diciéndole que no se había reportado nada parecido en el resto del país ni en ningún lugar del mundo. Cuando se despidió, el médico tuvo que abrir el chaleco y soltarse el casco de respiración autónomo para poder toser con más libertad.
Al día siguiente, sólo quedaban algunas personas vivas en el pueblo cuando se escucharon los helicópteros, las ambulancias y coches militares que rodearon todo el lugar. Armaron parapetos, puestos de mando, hospitales de campaña y morgues móviles donde diseccionaban lo que quedaba de las víctimas. El ejército había establecido un estricto perímetro, nadie podía entrar al poblado ni salir de él sin autorización. Ernesto, un joven habitante del lugar, llegó a presenciar la ejecución de un asustado vecino que cruzó la línea demarcatoria tratando de huir. Los militares, protegidos con máscaras antigás, no dudaron un instante en abrir fuego cuando el hombre incumplió la orden de alto. Ernesto, que contempló la ejecución sumaria desde atrás de las barricadas, corrió despavorido hacia su casa.
Cuando llegó el reloj de la sala indicaba que era las diez de la mañana. Subió las escaleras y revisó los dormitorios. Su madre era enfermera y no había llegado aún del turno nocturno del hospital. No tuvo tiempo para pensar qué le podría haber ocurrido cuando encontró a su padre, tumbado en el living de la sala, con la televisión prendida, arrojando un líquido viscoso y gris por sus orejas. Parecía que algo le hubiera disuelto el cerebro. Ernesto trató de contener la respiración y bajó corriendo las escaleras. Sabía que hacia el oeste, el pueblo colindaba con el bosque y que si lo atravesaba, dirigiéndose al noroeste, en seis o siete días de caminata podía llegar a la capital de la provincia. Sacó algo de comida de las alacenas y de la heladera antes de salir corriendo.Intuyó que las innumerables horas de lectura placentera no le ayudarían para nada en esa situación.
Pero este intento de fuga resultó ser más corto de lo esperado. Tres horas después de haber salido de su casa, cansado y sudoroso, cayó en la cuenta de que iba a ser imposible para él completar el trayecto y llegar a la capital de la provincia. Había olvidado llevar agua y la poca comida que había encontrado en su casa se le acabaría esa misma noche. Además, concluyó que iba a ser incapaz de orientarse en medio de todos esos árboles, malas hierbas y enredaderas, y la sola idea de terminar caminando en círculos lo paralizó. Decidió entonces desandar sus pasos y acercarse hasta una distancia prudencial al pueblo. Permanecer dentro del bosque hasta sentir que el peligro había pasado no le pareció una mala idea. Eligió un lugar despejado, al pie de un enorme y viejo olmo. Luego trazó un amplio círculo alrededor de ese claro, delimitándolo con ramas de eucalipto. Si el virus, pensaba y repetía mientras masticaba los últimos residuos de comida, puede entrar dentro de este océano de oxígeno que es el bosque, no podrá penetrar este círculo alrededor mío, en cuyo centro inalcanzable me encuentro.
Al comenzar la segunda semana de su autorreclusión en el bosque (ya había probado las hojas de los eucaliptos y las de las enredaderas, las que le ocasionaron una terrible diarrea; podía comer con mayor soltura las ramas y hojas de olmo y definitivamente podía resistir mejor la tierra rica en grandes hormigas) sintió un fuerte olor a quemado. Un olor nauseabundo de plásticos, ropas y maderas ardiendo que lo mantuvo acostado, respirando al ras del suelo. Minutos después lo envolvió una nube negra y espesa que lo mantuvo en tinieblas durante todo el día mientras el sonido de una televisión prendida a todo volumen inundaba el bosque. Trató de identificar dentro de esa humareda ácida el olor de la muerte, el olor de la carne humana, pero no pudo hacerlo. Quizá los pocos sobrevivientes quemaron todo buscando librarse del virus, quizá las autoridades quemaron el pueblo entero tratando de borrarlo del mapa y de la historia del país. Al anochecer, cuando el humo se había disipado por completo y mientras daba vueltas alrededor del olmo gigantesco, el monumento al que se aferraba, oyó voces humanas que parecían gritos, órdenes, súplicas, que no pudo descifrar.
Pasaron días mientras trataba de encontrar algún indicio que le ayudara a concebir la idea de abandonar su círculo y salir del bosque. Las hojas ya no le brindaban ningún nutriente y se iba debilitando cada vez más en espera de esa señal. Del terror inicial ya nada quedaba, ahora la profunda tristeza de saberse abandonado lo reducía constantemente a lágrimas. Tirado en el lecho de hojas secas, sabía que el virus, dentro del pueblo, se había comido cada cosa que había dejado, cada persona que había conocido, todo lo que había visto, todo lo que había tocado y que eso también había matado una parte de su existencia. Quizá ese maldito virus que había destruido cada parte material de sus recuerdos, se encontraba ahora dentro de su propia mente y ya lo estaba matando. Fue cuando vio a aquel hombre que se acercaba con precaución, casi con temor, y rompía su círculo, entrando en él.
—Hola —dijo el extraño.
—No te acerques —dijo Ernesto, confundido, levantando su brazo con la poca fuerza que le quedaba—, tienes el virus.
—No —respondió el extraño.
—Me he encerrado en este bosque, ha sido la única forma de estar a salvo. He estado aquí, dentro de este círculo, todas estas semanas.
—¿Pusiste alguna trampa?
—No. Sólo es un círculo, yo estoy en el medio… aquí, adentro, estoy a salvo… soy inalcanzable.
El extraño giró la cabeza. Miró a los alrededores, buscó alguna señal de lo que Ernesto le contaba, parecía no creerle.
—¿Por qué crees que hay alguna enfermedad en el pueblo?
—¿Acaso no la hay?
—Nadie ha muerto últimamente.
—No, pero el virus está ahí, se propaga por el aire, la única forma de salvarse es estar dentro de este círculo, dentro de este bosque. Créeme por favor.
—Yo vengo del pueblo. ¿Por qué crees que no me he infectado?
—Eres inmune.
—No, algo mejor. Nuestra naturaleza siempre se las ingenia, el virus ha mutado…
—¿Ahora es inofensivo?
—Mírame, no estoy muerto.
Ernesto trató de incorporarse pero no pudo más que doblar las piernas y arrodillarse. Miró al extraño, su altura, su porte, su buen estado físico.
—Entonces tendrás que ayudarme a regresar al pueblo, no creo que pueda caminar —le dijo.
—Levántate y apóyate en mí —le ordenó el extraño.
Caminaron. El extraño soportaba todo el peso de Ernesto sobre su lado derecho. Se acercaron al límite del círculo, las ramas de eucalipto estaban secas y consumidas.
—Cuando te vi de lejos, creí que estabas muerto. No te movías.
—He estado luchando para no morir. Espero que haya valido la pena.
Una vez que salieron del círculo, el extraño se detuvo. Miró al horizonte, como si tratara de definir algo que había visto. Cuando lo hizo, cuando confirmó que su vista no lo engañaba, dejó caer a Ernesto, que pesado y torpe se estrelló contra el suelo forrado de hojas secas.
—Sabes —le dijo—, es curioso, creí que tendría que engañarte para poder sacarte de este maldito círculo en el que pensábamos había alguna trampa. Teníamos miedo de ir por ti, ninguno de nosotros está dispuesto a morir.
—¿Qué diablos está pasando? —dijo Ernesto, tratando de levantarse sin saber que sus pocas fuerzas sólo le permitían levantar la cabeza.
—Porque no he mentido, no lo hice. Cuando te dije que el virus ha mutado era cierto… Mira, ahí viene el resto, me eligieron al azar, alguien tenía que venir por ti.
Ernesto miró a su derecha, hacia el lado del pueblo. Una mancha, un barullo, algo como un avispero se acercaba. Eran personas, caminaban como si estuvieran sincronizadas, como títeres que forman la parte de un todo.
—¿Quiénes son?
—Te vigilábamos, nos preguntábamos porqué no regresabas, qué te mantenía con vida. Te veíamos tan confiado, moviéndote alrededor de ese árbol, masticando las hojas de las plantas y comiéndote a las hormigas. Parecías un demente, no sabíamos cómo podías permanecer con vida así, completamente solo. Lógicamente, teníamos miedo de entrar por ti.
—¿Pero entonces qué ha pasado, el virus no ha mutado? —preguntó Ernesto. Y el horror hubiera inundado todo ese bosque si tan sólo hubiera podido salir de esas concavidades que eran sus ojos.
—Oh, sí, claro que mutó, míranos —dijo el extraño, mientras le mostraba un pequeño frasco con una masa gris dentro—. Sólo los primeros murieron, a nosotros nos mantiene con vida.
A la medianoche, tan sólo unas horas después, uno de los médicos de guardia del hospital llamó a la Agencia Nacional de Salud suplicando que enviaran un equipo especial al pueblo. La sala de emergencias del pequeño hospital se estaba atiborrando de personas moribundas que caían desplomadas a las camillas antes de que empezaran a manchar de sangre todo el lugar. El angustiado médico había decidido vestirse con el traje hermético para casos especiales y sostenía la hipótesis de que un agente altamente tóxico y contagioso se había propagado por todo el pueblo. Desde la Agencia le pidieron que remitiera más datos (historias médicas, análisis clínicos, registros fotográficos) mediante el Sistema Federal de Alertas y que se mantuviera muy atento pues le enviarían nuevas instrucciones. Trataron de tranquilizarlo diciéndole que no se había reportado nada parecido en el resto del país ni en ningún lugar del mundo. Cuando se despidió, el médico tuvo que abrir el chaleco y soltarse el casco de respiración autónomo para poder toser con más libertad.
Al día siguiente, sólo quedaban algunas personas vivas en el pueblo cuando se escucharon los helicópteros, las ambulancias y coches militares que rodearon todo el lugar. Armaron parapetos, puestos de mando, hospitales de campaña y morgues móviles donde diseccionaban lo que quedaba de las víctimas. El ejército había establecido un estricto perímetro, nadie podía entrar al poblado ni salir de él sin autorización. Ernesto, un joven habitante del lugar, llegó a presenciar la ejecución de un asustado vecino que cruzó la línea demarcatoria tratando de huir. Los militares, protegidos con máscaras antigás, no dudaron un instante en abrir fuego cuando el hombre incumplió la orden de alto. Ernesto, que contempló la ejecución sumaria desde atrás de las barricadas, corrió despavorido hacia su casa.
Cuando llegó el reloj de la sala indicaba que era las diez de la mañana. Subió las escaleras y revisó los dormitorios. Su madre era enfermera y no había llegado aún del turno nocturno del hospital. No tuvo tiempo para pensar qué le podría haber ocurrido cuando encontró a su padre, tumbado en el living de la sala, con la televisión prendida, arrojando un líquido viscoso y gris por sus orejas. Parecía que algo le hubiera disuelto el cerebro. Ernesto trató de contener la respiración y bajó corriendo las escaleras. Sabía que hacia el oeste, el pueblo colindaba con el bosque y que si lo atravesaba, dirigiéndose al noroeste, en seis o siete días de caminata podía llegar a la capital de la provincia. Sacó algo de comida de las alacenas y de la heladera antes de salir corriendo.Intuyó que las innumerables horas de lectura placentera no le ayudarían para nada en esa situación.
Pero este intento de fuga resultó ser más corto de lo esperado. Tres horas después de haber salido de su casa, cansado y sudoroso, cayó en la cuenta de que iba a ser imposible para él completar el trayecto y llegar a la capital de la provincia. Había olvidado llevar agua y la poca comida que había encontrado en su casa se le acabaría esa misma noche. Además, concluyó que iba a ser incapaz de orientarse en medio de todos esos árboles, malas hierbas y enredaderas, y la sola idea de terminar caminando en círculos lo paralizó. Decidió entonces desandar sus pasos y acercarse hasta una distancia prudencial al pueblo. Permanecer dentro del bosque hasta sentir que el peligro había pasado no le pareció una mala idea. Eligió un lugar despejado, al pie de un enorme y viejo olmo. Luego trazó un amplio círculo alrededor de ese claro, delimitándolo con ramas de eucalipto. Si el virus, pensaba y repetía mientras masticaba los últimos residuos de comida, puede entrar dentro de este océano de oxígeno que es el bosque, no podrá penetrar este círculo alrededor mío, en cuyo centro inalcanzable me encuentro.
Al comenzar la segunda semana de su autorreclusión en el bosque (ya había probado las hojas de los eucaliptos y las de las enredaderas, las que le ocasionaron una terrible diarrea; podía comer con mayor soltura las ramas y hojas de olmo y definitivamente podía resistir mejor la tierra rica en grandes hormigas) sintió un fuerte olor a quemado. Un olor nauseabundo de plásticos, ropas y maderas ardiendo que lo mantuvo acostado, respirando al ras del suelo. Minutos después lo envolvió una nube negra y espesa que lo mantuvo en tinieblas durante todo el día mientras el sonido de una televisión prendida a todo volumen inundaba el bosque. Trató de identificar dentro de esa humareda ácida el olor de la muerte, el olor de la carne humana, pero no pudo hacerlo. Quizá los pocos sobrevivientes quemaron todo buscando librarse del virus, quizá las autoridades quemaron el pueblo entero tratando de borrarlo del mapa y de la historia del país. Al anochecer, cuando el humo se había disipado por completo y mientras daba vueltas alrededor del olmo gigantesco, el monumento al que se aferraba, oyó voces humanas que parecían gritos, órdenes, súplicas, que no pudo descifrar.
Pasaron días mientras trataba de encontrar algún indicio que le ayudara a concebir la idea de abandonar su círculo y salir del bosque. Las hojas ya no le brindaban ningún nutriente y se iba debilitando cada vez más en espera de esa señal. Del terror inicial ya nada quedaba, ahora la profunda tristeza de saberse abandonado lo reducía constantemente a lágrimas. Tirado en el lecho de hojas secas, sabía que el virus, dentro del pueblo, se había comido cada cosa que había dejado, cada persona que había conocido, todo lo que había visto, todo lo que había tocado y que eso también había matado una parte de su existencia. Quizá ese maldito virus que había destruido cada parte material de sus recuerdos, se encontraba ahora dentro de su propia mente y ya lo estaba matando. Fue cuando vio a aquel hombre que se acercaba con precaución, casi con temor, y rompía su círculo, entrando en él.
—Hola —dijo el extraño.
—No te acerques —dijo Ernesto, confundido, levantando su brazo con la poca fuerza que le quedaba—, tienes el virus.
—No —respondió el extraño.
—Me he encerrado en este bosque, ha sido la única forma de estar a salvo. He estado aquí, dentro de este círculo, todas estas semanas.
—¿Pusiste alguna trampa?
—No. Sólo es un círculo, yo estoy en el medio… aquí, adentro, estoy a salvo… soy inalcanzable.
El extraño giró la cabeza. Miró a los alrededores, buscó alguna señal de lo que Ernesto le contaba, parecía no creerle.
—¿Por qué crees que hay alguna enfermedad en el pueblo?
—¿Acaso no la hay?
—Nadie ha muerto últimamente.
—No, pero el virus está ahí, se propaga por el aire, la única forma de salvarse es estar dentro de este círculo, dentro de este bosque. Créeme por favor.
—Yo vengo del pueblo. ¿Por qué crees que no me he infectado?
—Eres inmune.
—No, algo mejor. Nuestra naturaleza siempre se las ingenia, el virus ha mutado…
—¿Ahora es inofensivo?
—Mírame, no estoy muerto.
Ernesto trató de incorporarse pero no pudo más que doblar las piernas y arrodillarse. Miró al extraño, su altura, su porte, su buen estado físico.
—Entonces tendrás que ayudarme a regresar al pueblo, no creo que pueda caminar —le dijo.
—Levántate y apóyate en mí —le ordenó el extraño.
Caminaron. El extraño soportaba todo el peso de Ernesto sobre su lado derecho. Se acercaron al límite del círculo, las ramas de eucalipto estaban secas y consumidas.
—Cuando te vi de lejos, creí que estabas muerto. No te movías.
—He estado luchando para no morir. Espero que haya valido la pena.
Una vez que salieron del círculo, el extraño se detuvo. Miró al horizonte, como si tratara de definir algo que había visto. Cuando lo hizo, cuando confirmó que su vista no lo engañaba, dejó caer a Ernesto, que pesado y torpe se estrelló contra el suelo forrado de hojas secas.
—Sabes —le dijo—, es curioso, creí que tendría que engañarte para poder sacarte de este maldito círculo en el que pensábamos había alguna trampa. Teníamos miedo de ir por ti, ninguno de nosotros está dispuesto a morir.
—¿Qué diablos está pasando? —dijo Ernesto, tratando de levantarse sin saber que sus pocas fuerzas sólo le permitían levantar la cabeza.
—Porque no he mentido, no lo hice. Cuando te dije que el virus ha mutado era cierto… Mira, ahí viene el resto, me eligieron al azar, alguien tenía que venir por ti.
Ernesto miró a su derecha, hacia el lado del pueblo. Una mancha, un barullo, algo como un avispero se acercaba. Eran personas, caminaban como si estuvieran sincronizadas, como títeres que forman la parte de un todo.
—¿Quiénes son?
—Te vigilábamos, nos preguntábamos porqué no regresabas, qué te mantenía con vida. Te veíamos tan confiado, moviéndote alrededor de ese árbol, masticando las hojas de las plantas y comiéndote a las hormigas. Parecías un demente, no sabíamos cómo podías permanecer con vida así, completamente solo. Lógicamente, teníamos miedo de entrar por ti.
—¿Pero entonces qué ha pasado, el virus no ha mutado? —preguntó Ernesto. Y el horror hubiera inundado todo ese bosque si tan sólo hubiera podido salir de esas concavidades que eran sus ojos.
—Oh, sí, claro que mutó, míranos —dijo el extraño, mientras le mostraba un pequeño frasco con una masa gris dentro—. Sólo los primeros murieron, a nosotros nos mantiene con vida.
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