sábado 7 de noviembre de 2009

Sławomir Mrożek

Aquí un cuento corto de este excelente escritor polaco. Lenguaje metafórico en este brillante cuento, que se puede aplicar a varios ámbitos. Cuento tomado de su colección de relatos, "La vida difícil".

"La revolución"
En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese “cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio-, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

jueves 29 de octubre de 2009

Vallejo, cerveza y Maradona

Nadie recuerda ya a César Vallejo. Ni a él, ni a sus luchas, ni a su mundo oscuro y melancólico. Acabo de ver a gente corriendo dentro de sus autos a toda velocidad y a chicas en tacos cargando bolsos pesados ganándose la vida. He tratado de atisbar en sus miradas, en sus actos, en sus movimientos. Algún movimiento en su rostro que revele que lo tienen dentro suyo. No lo he podido descubrir. Claro, después pensé, era inevitable, pensé y me hice la pregunta, ¿ellos podrán descubrirlo en mí? ¿En mi mirada, en mis pasos, en alguna cosa?

Entré al supermercado a comprar comida. El carnicero molía restos de carne y a unos metros el panadero abría su moderno horno cromado y sacaba exquisitos panes. A mi costado una vieja escogía sus verduras. Esos tomates me parecieron demasiado rojos y perfectos, seguramente eran jugosos por dentro; no parecían naturales, la naturaleza no podría hacerlos así.

Compré muy pocas cosas y regresé a casa. Abrí una cerveza y me senté a leer a Vallejo de nuevo. Hay escritores que te dejan marcado. Vallejo, Bukowski, Hemingway, Borges, y muchos más. En eso estaba, leyendo su poesía, adentrándome en su mundo, cuando tocaron a la puerta. Era mi buen amigo Martín y su nueva chica. La mía estaba durmiendo en la habitación agobiada por la temperatura. El calor en la ciudad era insoportable y a pesar de que ya había anochecido, la humedad y el sopor no se habían marchado. La chica de Martín se llamaba Romina y era muy agraciada. Él empezó inmediatamente. Era sobre lo que Maradona había dicho y su repercusión.

—No puedo creer. El hombre es libre de decir lo que quiera. Moralistas de mierda.
—No debería moderarse estando frente a una cámara de televisión —dije yo en tono de pregunta.
—Creo que es todo lo contrario.

Romina reía.
—El hombre casi representa a toda esta nación. Debería reflexionar sobre eso —dije yo.
—No puedo creer lo que me estás diciendo, precisamente vos.
—Martín, ¿vos crees, de verdad, crees que me puede importar lo que diga Maradona?
—Pero no es eso, es la reacción de la gente.
—¿La misma gente que lo ha endiosado? ¿No crees que tienen lo que querían?
—Un dios verborragico… pero con poco vocabulario —dijo riéndose.
—Un dios fanático del fútbol, qué más querés...
—¿Viste la propaganda de cerveza? —me preguntó, cambiando de tema con total naturalidad.
—¿Qué propaganda?
—Una que sale en la televisión.

Le apunté el libro y le recordé que veo muy poca televisión.
—La propaganda de una cerveza. Hay dos pibes conversando y uno le dice al otro si cree que la cerveza pasará por su garganta. Hace alusión al delicioso gusto amargo de nuestra querida bebida.
—¿No les gusta el sabor amargo?
—Se ve que no.
—¿Y por qué no se compran una gaseosa entonces?
—Hasta a nuestra cerveza la quieren amariconar hermano.

Me reí y tomé un trago.
—¿O sea que quieren tomar cerveza, pero no quieren que amargue, quieren un gusto suave?
—Claro. Quieren una cerveza dulce.

Me reí.
—Hay para todos los gustos Martín —dije, tomando un trago de mi vaso.
—Dejate de joder. Lo que faltaba, ahora se meten con la cerveza, adónde vamos a parar.

Luego se levantó y se despidió. Dijo que sólo había venido a presentar a Romina y quería que mi novia la conociese. Le dije que ella estaba durmiendo. Consideré que no iba a ser una buena idea despertarla para eso. Si le decía que era la nueva chica de Martín que estaba en la sala, seguramente me hubiera dicho que en una semana iba a venir con otra y que la dejara dormir. Razón no le faltaba para argumentar eso. Así que le dije a Martín, amablemente, que se dejara de boludeces y que ya habrá otra oportunidad para Romina.

Cuando se fueron volví a mi silla, a mi cerveza y a Vallejo. Me convencí aún más de que ya nadie lo recuerda.

domingo 18 de octubre de 2009

Este tema es milenario en el norte del Perú.


Huacos eróticos de la Cultura Moche, desarrollada en el norte del Perú durante los siete primeros siglos de la era cristiana.

lunes 12 de octubre de 2009

Leído sobre una pared

Si quieres ser el más tonto, aparenta ser el más listo.

viernes 9 de octubre de 2009

miércoles 30 de septiembre de 2009

Relatos de amor y sexo de un chico confundido

21


Una tarde estaba en mi casa escribiendo cuando tocaron la puerta. Yo sólo tenía puestos unos calzoncillos. Estaba haciendo un poco de calor y había empezado a escribir sin darme cuenta de eso. Una vez que se empieza a escribir casi nada más cuenta.

Abrí la puerta. Era Lucho. No lo había visto desde aquellos días en la playa y su presencia y su amistad me caían a pelo en esos momentos. Nos dimos un abrazo y fue directo al grano. Me preguntó si tenía cervezas.
—Creo que hay un par en el refrigerador —le respondí.
—Van a faltar.
—No hay problema, la visita invita.

Se rió y nos sentamos en la salita.
—¿Qué mierda haces en calzoncillos?
—Escribo mejor así.
­—He terminado con Luisa ­—dijo. Yo había ido hasta la habitación y me estaba poniendo unos jeans.
—¿Terminaste? Yo pensé que la única forma de que eso se terminara era casándose.
—Terminamos Manny.
—Pero, ¿cuántas veces han terminado Uds. dos? Que yo recuerde se pasaron la vida terminando.
—Esta vez es en serio.
—¿Y las otras eran en broma? —pregunté en tono de burla.
—¿Pero qué carajo estás escuchando? —preguntó refiriéndose a la música que salía de la radio.

Me reí. Había prendido la radio y la había dejado en una emisora que ponía sólo baladas en español, la mayoría bastante viejas.
—Son baladas Lucho. Estaba escribiendo y necesitaba algo de apoyo. El único recuerdo que tengo de mi viejo era cuando cantaba ese tipo de música.
—¿Tu viejo? Nunca tuviste un viejo.
—Jaja, claro, nací espontáneamente.
—Tu vieja abrió una botella de cerveza y saliste tú.
—Muy gracioso Lucho, pero mi vieja no tomaba.
—¿No?
—Era mi viejo el borracho.
—Esas cosas se heredan.

Nos estábamos tomando la segunda botella. Él seguía hablando de Luisa y su cortada relación con ella y yo seguía absorto en la música. Tenía recuerdos que no querían salir. Estaba convencido de que tenían que estar ahí, en mi memoria, pero no podía evocarlas. Sólo estaba la voz de mi viejo cantando una canción que ni siquiera podía adivinar cuál era.
—¿Y a qué viene toda esta nostalgia por tu viejo? —preguntó.
—No es nostalgia. Ya te dije, estaba escribiendo y necesitaba apoyo. A mi viejo ni lo conocía, se fue de la casa cuando yo tenía 5 años. Que yo sepa está muerto, no debe quedar ni el polvo.
—Eres un nostálgico Manny.
—No lo creo.
—Si no lo fueras no tendrías esa cara ni estarías escuchando esa música.
—¿Qué peruano no es nostálgico?
—Yo.
—Pero, ¿nostalgia de qué Lucho? ¿De mi viejo? Si no recuerdo ni su cara, sólo que se me vino a la mente esta canción que él cantaba pero que no puedo recordar cuál era.
—Luisa me dijo que soy un perdedor y que por eso ya no podía estar conmigo.
—¿Un perdedor? ¿Y eso qué significa?
—Me dijo que no sé qué es lo que voy a hacer con mi vida.
—Jaja, siempre me pareció pretenciosa. Con grandes ideas.
—Lo peor es que tiene razón. No creo que pueda volver con ella después de esta pelea.
—Volverás, yo los conozco, volverán… Pero Lucho, dime algo, de verdad, ¿si la quieres tanto por qué carajo te acuestas con la primera chica que diga sí?
—Pero… lo tuyo es más grave de lo que pensaba Manny. Qué preguntas cojudas haces.
—No es tan difícil.
—Para empezar no soy tan promiscuo. La chica tiene que estar buena, si no, no.
—Jaja.
—Y segundo, es sólo un polvo, nada más.
—¿Y si el polvo lo diera Luisa con otro?
—Luisa no haría eso.
—¿Pero acaso va a pedir tu opinión?
—No, pero la conozco.
—Esa es —dije yo, levantándome y apuntando la radio con el vaso de cerveza.

Negros tus cabellos, cubrían tu cuerpo, tan llena de amor… te vi bailando. Otro te abrazaba, otro te besaba…

—Carajo Manny, déjate de huevadas —dijo Lucho.
—Esa es.
—¿Qué cosa?
—La canción que cantaba mi viejo.

Cara de gitana, dulce apasionada, me diste tu amor…

—Se acabó la chela Manny —dijo Lucho tomándose lo que quedaba de su vaso—, vamos a comprar.

¿Dónde están tus ojos tan profundos?, y aquel fuego de tus labios que eran míos, el licor que bebo abre mis heridas, me emborracha y más te quiero todavía…

—Menos mal que sólo heredaste su gusto por la cerveza. Dale, vamos a comprar más.
—Vamos.

Lucho apagó la radio y salimos. El silencio que nos rodeó era extraño, como si alguien se hubiera ido de repente. Cuando bajábamos la escalera, pude traer finalmente la escena completa desde mi memoria. La radio había ayudado. Era mi viejo que se paseaba por toda la casa cantando esa canción con un vaso en la mano. Luego llegaba hasta donde yo jugaba y se quedaba mirándome. Me di cuenta de que era mi mente la que no quería que evocara de nuevo esa mirada. Parecía la altiva mirada que se le dedica al marginado. El orgulloso jurado convencido de que tiene frente a sí al culpable de todo. Me serenó saber que estaba muerto.

martes 22 de septiembre de 2009

Vika


Ella es Viktoriya Yermolyeva y nació en Kiev en 1978. Se graduó con honores en la Escuela de Música de Kiev y ha dedicado su corta vida a estudiar piano en distintos lugares del mundo, lo que la ha convertido en una reconocida y premiada pianista a nivel internacional.
Y Vika, también, tiene su lado salvaje. Ella misma así lo certifica en su otra website. Visítenla y podrán ver su lado desenfrenado, siempre acompañada de su piano. Tiene muchos temas para escuchar online. Es simplemente sensacional.
También tiene un canal en Youtube de donde he tomado sólo dos de sus interpretaciones.

Metallica-"Nothing else matters":


Y un imperdible. La segunda parte del tema, como no podía ser de otra forma, es estupenda. Metallica -"One":

jueves 10 de septiembre de 2009

Una teta en la televisión

Martín llamaba de nuevo. Había llegado a casa y me disponía a abrir la primera cerveza cuando sonó el teléfono.

—Lo último man, lo último. Ahora la gente se escandaliza por que se ve una teta en la televisión.
—¿Se vio una teta en la televisión?
—Se ve que sí porque fui al quiosco a comprarme cigarrillos y estaba una vieja y el pelotudo que atiende rasgándose las vestiduras porque en la televisión se le vió la teta a una chica.
—Jaja.
—Encima el pelotudo me preguntó a mí...
—Jaja.
—Y qué tiene de malo una teta, le pregunté yo, que yo sepa una teta no ha matado a nadie. Vos no chupaste nunca una teta, le tuve que preguntar.
—Jaja.
—Che, ¿pero la gente es estúpida o se hace?
—¿Y qué te dijo?
—Se puso rojo y tragó saliva. Se ve que al final, la vieja no era tan pelotuda como él, porque se rió.
—Una vieja con sentido del humor.
—Claro, claro.
—¿Y qué te dijo el quiosquero?
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que me estás contando Martín, sobre la teta en la televisión.
—Y se pelotudeó por completo. Empezó con la perorata de que los niños y el sexo, y que no era conveniente que los niños vean ese tipo de cosas.
—Jaja.
—La verdad, no entiendo esas estupideces. Espero que, por lo menos, haya sido una buena teta.
—Tenés que aprender a seguir la corriente Martín.
—Jaja, jamás. ¿Tenés cerveza?
—Siempre tengo.
—Voy para allá.

Colgué y abrí mi botella. A la media hora tocaban a la puerta. Era el buen Martín.

martes 8 de septiembre de 2009

Diálogos inmortales

Nos alejamos en el coche.
—Esperábamos a alguien diferente —dijo Cecilia.
—¿Oh?
—Me refiero a que tu voz es tan suave, y pareces muy educado. Bill esperaba que salieras del avión borracho y blasfemando, metiendo mano a las señoras...
—Nunca voy exhibiendo mi vulgaridad. Espero a que aparezca en su momento.

Charles Bukowski, "Mujeres".

sábado 5 de septiembre de 2009

Otra de Pessoa

Me acuerdo siempre del último verso de este poema.
XLIX

Me retiro hacia dentro y cierro la ventana.
Traen el candil y me dan las buenas noches,
y mi voz gozosa da las buenas noches.
Ojalá que mi vida fuese siempre esto:
el día pleno de sol, o suave de lluvia,
o tempestuoso cual si se acabara el Mundo;
la tarde suave y las cuadrillas que pasan
contempladas con interés por la ventana;
el último mirar amigo al sosiego de los árboles,
y después, cerrada la ventana, encendido el candil,
sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
sentir en mí correr la vida como un río en su lecho
y fuera un gran silencio, como de dios dormido.

lunes 17 de agosto de 2009

Relatos de amor y sexo de un chico confundido

20

Claudia había empezado a salir con Germán. Una noche los vi abrazados por el centro, por la calle Pizarro. Por un momento creí conveniente acercarme a saludarlos pero luego pensé que sería una mejor idea seguirlos. Voltearon en la plaza, caminaron dos cuadras más y entraron al cine. Yo nunca había llevado a Claudia al cine. La mayoría de películas me parecían aburridas y tontas y supuse que ella tenía la misma opinión. Me di cuenta de que estaba equivocado. Entraron al cine abrazados, yo me paré en la vereda de enfrente y prendí un cigarrillo. No sé qué me pasaba pero no podía dejar de mirarlos. Había mucha gente en la entrada, en los alrededores, pero Claudia podía resaltar entre toda esa muchedumbre. Hicieron la cola para comprar las entradas y luego se metieron al fondo donde ya no los podía ver. Por un instante pensé en entrar y comprarme una entrada para poder observarlos más tiempo, pero me imaginé viendo la película que estaba anunciada en un inmenso cartel en la entrada del cine y me causó mucha pereza.

Así que mejor me fui al departamentito. ¿Qué había pasado con Claudia? Era una buena mujer, inteligente y comprensiva. No sé por qué dejamos de vernos. En realidad, fui yo el que había dejado de verla, habrá sido esa extraña necesidad que siempre tengo de que no querer que nada me sujete, ese miedo que tenía de que me dejaran de nuevo. Entré a una tienda. Había comestibles de todo tipo, todo en bolsitas. Hubiera querido un buen pedazo de carne sazonada y bien cocida, no esa comida de fantasía. Compré dos bolsas de papas fritas y salí.

Cuando llegué al departamento vi que en el refrigerador ya no quedaban cervezas. Maldije por no haberlo recordado. Así que bajé de nuevo a la tienda. El gordo que atendía ya me conocía, aunque no sabia ni mi nombre. Tenía una cara simpática. Le compré dos botellas y subí al departamento.

Abrí la bolsa de papas fritas y me comí un puñado, estaban saladas y sabrosas. Luego me tomé un largo trago de cerveza. Deliciosa.

Bajé y me dirigí al cine. Ya estaban saliendo así que fui a la entrada. Salió Claudia, a su lado estaba Germán. Más de una hora de oscuridad en la sala de cine había hecho de Claudia una mujer más hermosa aún. La saludé. Me dijo que hacía tiempo que no nos veíamos. Había algo en su mirada que me decía que no todo estaba perdido para mí. Germán me saludó con una sonrisa retorcida.

Cuando se fueron, recordé que la metódica Laura me había dicho que no le molestaba que fuera a su casa cuando quisiera. Pensé en ir, pero cuando llegué a la esquina, donde estaba la tienda donde siempre compraba mis cosas, entré y me compré otra cerveza. Estaba el gordo de siempre, una cara familiar. Me sentí mejor. Luego fui al departamento a seguir tomando.

sábado 15 de agosto de 2009

Leído sobre una pared

La cigarra no trabaja... pero la hormiga no puede cantar.

viernes 7 de agosto de 2009

Leído sobre una pared

Callate y consume

lunes 3 de agosto de 2009

Relatos de amor y sexo de un chico confundido

19
Le llevé a Julia el relato que había escrito. Ella misma me abrió la puerta de su casa, de su enorme casa. Yo me sentía a gusto en mi departamentito, estaba conforme, tenía todo distribuido y creía que no me faltaba lugar para nada más. No entendía por qué Julia necesitaba tanto espacio para poder vivir. No lo entendía, sin embargo me di cuenta de que me gustaría vivir en un lugar así.

Fuimos directo al pequeño bar que tan bien se había encargado de colmar. Nos sentamos en los taburetes uno al lado del otro. Yo le pedí una cerveza, ella se sirvió whisky, dijo que siempre tomaba whisky. Me pidió el relato. Lo había terminado el día anterior en la oficina del diario, luego lo llevé a casa para darle los últimos toques. El resultado: siete hojas borroneadas de puro sexo.

Julia casi me quita las hojas de las manos. Creo que estaba ansiosa por verlo.
—Está muy bueno Manny —dijo después de leerlo, mientras yo me servía el cuarto vaso de cerveza—, muy bueno, me gusta.
—¡Qué bueno!
—Sabía que iba a ser una excelente idea trabajar contigo.
—Esta cerveza está muy buena —dije yo tomando un trago.
—Así que terminaste escribiendo la historia de la editora que se acuesta con el joven escritor.
Me reí. Nos reímos.
—Es una historia que no podía dejar pasar —le dije.
—¿Todavía quieres acostarte conmigo? —me preguntó.
La pregunta me tomó por sorpresa, traté que no se notara.
—Qué preguntas haces Julia, trata de no ser tan directa.
Ella se rió.
—¿Todavía quieres acostarte conmigo? —volvió a preguntar.
—No lo sé, creo que sí, si digo que sí, ¿qué va a pasar?
Julia se rió echando su cabeza para atrás. Su hermoso castaño pelo cayó en cascada y casi roza el piso.
—¿No me quieres responder? —volvió a preguntar.
—Me dijiste que era muy chico —le respondí.
—Te estás comportando como tal.
Me reí. Tomé un trago de cerveza.
—Deja ese vaso y sígueme —dijo ella.

Bajamos de los taburetes y la seguí. Subió las escaleras. Julia era lo contrario a Laura. Laura era delgada, apretada; Julia no lo era, ella era de huesos gruesos, y aunque un poco rellena de carnes sus formas conservaban una sensualidad capaz de despertar cualquier fantasía. Subir las escaleras detrás de ella, observando, oliendo su cuerpo, era el augurio al mejor de los sexos.

Llegamos al segundo piso y entramos en la primera puerta de la derecha. Era su habitación. El reino de Julia.
—¿Cuántas veces a la semana te masturbas? —me preguntó.
La miré.
—Vamos Manny, no creí que fueras tan recatado.
—No lo sé, no las cuento, pero no muchas.
—Es un buen ejercicio para el pene, trata de prolongar lo más que puedas la situación.
Me miró.
—¿No eres de los que cree que la masturbación es mala, no? —me preguntó.
—Para nada.
Toda esa conversación como preámbulo me incomodó. Sobre todo porque Julia se estaba comportando como si yo fuera un alumno y ella la profesora.

Se desnudó. Tenía el cuerpo bronceado y la marca de un minúsculo bikini había formado un espectacular triángulo debajo de su ombligo. La imaginé en bikini, con sus enormes tetas caminando por la playa y me dieron ganas de tumbarla, cogerla de inmediato y sentir su carne frotándose contra la mía, entre los dedos de mi mano. Pero esa exaltación fue menguando porque era ella la que llevaba el ritmo y Julia era muy metódica en todo, la mezcla justa entre calma y arrebato.

Y resultó ser insaciable. Una verdadera locomotora, una glotona. Nietzsche en “Así hablaba Zaratustra” había escrito que era mejor ir a parar a las manos de un asesino que a los sueños de una mujer lasciva. Zaratustra puede haber sido casto, pero yo no lo soy, a mí me encantan las mujeres lascivas, que sientan la misma atracción por el sexo que yo. Sin embargo, Julia era realmente infernal.
­—Tengo hambre —dije yo después de terminar por segunda vez.
—Sólo es medianoche Manny, tenemos una larga madrugada por delante.
­—Tengo hambre ­—repetí.
—Tengo el refrigerador lleno. Mi cocina tiene cualquier cosa que quieras —dijo ella. No sabía si hablaba metafóricamente.
No había pasado ni cinco minutos cuando ella empezó a juguetear de nuevo con mi pene flácido. Me incorporé, estaba acostada a mi lado. Alargué mi mano y acaricié sus piernas, su espalda, sus pezones grandes y carnosos.
—Me has confundido Julia, no dijiste que el sexo no lo es todo —le pregunté en tono de reproche.
—Definitivamente, pero me encanta —dijo.

No lo entendí ni quería entenderlo. En ese momento yo tan sólo quería comer algo. Llevaba alrededor de cuatro días sin comer bien y en ese momento era capaz de comerme un caballo. Así que le dije que me esperara y bajé a la cocina. Sólo me había puesto el pantalón, tenía el torso desnudo. Revisé el refrigerador, las alacenas, los cajones; en efecto, estaba repleto de todo tipo de cosas. Cuando me preparaba sándwiches con una pechuga de pavo que encontré en el refrigerador, sentí unos pasos detrás. Me di vuelta con el cuchillo en la mano. Era Marcela que entraba a la cocina. Miró el cuchillo, miró mi pecho, miró el pavo destrozado y se rió.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—No sabía que estabas en la casa —le dije.
—Acabo de llegar, pero no te preocupes por mí, sólo vine a tomar un poco de agua.

Estaba más hermosa que la primera vez que la había visto. Nunca le pregunté a Julia quién era Marcela ni qué parentesco tenía con ella. Seguía pensando que podía ser su hija, aunque Julia tendría que haberla tenido de muy joven. Cuando se tomó el vaso con agua se despidió y se fue.
Preparé unos sándwiches y subí. Tenía ganas de tomarme una cerveza pero por alguna razón no lo hice. Cuando llegué, Julia estaba desnuda paseándose por toda la habitación. Sus enormes tetas se bamboleaban mientras ella entraba y salía del baño. Me senté en la cama y devoré unos cuántos sándwiches más. Su bronceado era uniforme, sus nalgas redondas y grandes. Mientras comía el pavo miraba su piel lisa y suave, sus piernas, su espalda. No tenía marcas de bronceado en la parte superior, debía tomar sol con las tetas al aire. Sentí que mi pene se levantaba de nuevo. Me metí al baño, me miré en el espejo y me enjuagué la boca. Pensé en ducharme pero estaba empezando a tener sueño, mucho sueño. Salí y me metí en la cama. Mire al techo y cerré los ojos mientras Julia había empezado a abrir y cerrar cajones.
—¿Estás loco Manny, por qué te acuestas? Recién es la una de la mañana.
—Tengo sueño Julia.
—Además, no recuerdo haberte dicho que podías quedarte a dormir —dijo cerrando con fuerza un cajón—. Éste es, mira.
—¿Qué cosa? —pregunté yo sin abrir los ojos.
—Mira.
Alcé la vista. En su mano izquierda tenía un arnés de cuero y en la derecha un enorme consolador.
—Éste es Bob —dijo.
—¿Bob? —pregunté yo, mientras ella se ceñía el arnés a la cintura.
—Bend over boy.

domingo 26 de julio de 2009

The Neanderthal Man

"¿Qué pasiones primitivas...? ¿Qué deseos dementes lo manejaban...? Mantuvo a todos bajo el yugo de un terror mortífero… nada podía separarlo de esa mujer que reclamaba como suya". Muy interesante.


He tratado de verla, la he buscado pero no he podido encontrar a esta película de 1953. Al parecer cuenta la historia de un científico que sustenta la teoría de que el tamaño del cráneo y del cerebro es proporcional al nivel de inteligencia. Por ende, el Neanderthal es tan o más inteligente que el homo sapiens. Es ninguneado por sus colegas ante esta propuesta. Enojado y con deseos de venganza se recluye en su laboratorio donde desarrolla un droga que lo convierte en el Hombre de Neanderthal.

sábado 25 de julio de 2009

Leído sobre una pared

Brindo hasta la cirrosis por una vacuna contra el SIDA.

(Luego me enteré que es un verso de "Los Rodríguez")

sábado 18 de julio de 2009

Poemas inéditos de Bukowski

Un nuevo libro póstumo de Charles Bukowski se acaba de editar en España por la Editorial Visor. Se trata de una recopilación de poemas inéditos hecha por su editor de siempre John Martin (el mismo que le ofreció pagarle un sueldo mensual con tal de que dejara su trabajo en el correo y se dedicara a escribir), que lleva como título "La gente parece flores al fin". Un título que suena conciliador y que proviene de uno de los versos incluidos en el libro. Aquí tienen una muy buena nota de un diario español al respecto.
Ésta es la portada del libro en su versión norteamericana, de la que ya había leído algunos poemas, y a manera de adelanto para los lectores de este blog, he traducido uno de ellos:

futuro congresista

en el baño de hombres
en la ruta
un chico de
7 u 8 años
salió de un retrete
y el hombre
que lo esperaba
(probablemente su
padre)
le preguntó,
"¿qué hiciste con la
revista de las carreras?
Te la di para que
la guardaras."
"no", dijo el chico,
"¡No la he visto! ¡No
la tengo!"

Se fueron y
entré al retrete
porque era el único
libre
y ahí
dentro del inodoro
estaba
la revista.

Jalé la cadena
pero
la revista
sólo se sumergió
suavemente
y no se fue.

salí de
ahí y encontré
otro
retrete vacío.

ese chico estaba listo
para la vida.
sin duda tendrá
mucho éxito,
el pequeño y mentiroso
bastardo.

domingo 12 de julio de 2009

Relatos de amor y sexo de un chico confundido

18
Esa mañana había ido al diario. Estaba Ramírez, el nuevo jefe. Los rumores y sospechas tuvieron fundamento, los directivos del diario lo contrataron para que se encargara del suplemento luego de la partida de Benjamín. Ramírez, yo ya lo sabía, era un verdadero hijo de puta. Supuestamente un personaje de ideas contraculturales pero a mí sólo me parecía un provocador. Le encantaba arrojar sus ideas provocadoras y parecía que disfrutaba del efecto que éstas producían sobre sus interlocutores. Tenía una pasión, una fuerza que se impregnaba en todo lo que hacía que lo convertía en una persona muy atrayente, muy magnética. Era por eso que me gustaba trabajar con él, mucho más que con Benjamín, que era en realidad un tipo aburrido. Además, Ramírez prácticamente hacia todo el trabajo por su cuenta y me dejaba muy pocas cosas por hacer.
—Así que vas a publicar en “Festín” —me dijo esa mañana. No tenía idea de cómo se había enterado porque yo no se lo había contado.
—Así es Ramírez.
—¿Qué tal Julia? La conociste me imagino.
—Una señora encantadora.
Se rió. Prendió otro cigarrillo, generalmente prendía su cigarrillo con lo que quedaba del anterior. Echó una calada y siguió riéndose.
—Si Julia te escuchara —dijo sin dejar de reír—, te mandaría a volar en el acto: “una señora encantadora”, parece que estuvieras hablando de una abuelita a la que le gusta tomar el té y hacer ruiditos con su fina vajilla.
Sonreí.
—Es una mujer encantadora —dije.
—Ahora está mejor. Aunque mujer suena extraño tratándose de ella. Un animal, una yegua, sería mejor.
—¿La conoce Ramírez?
—Claro que sí. Trujillo es una ciudad chica aunque no lo parezca, y Julia no es precisamente el tipo de personas que pasan inadvertidas.
“Inadvertidas”. Recuerdo el primer día de trabajo con él. Ramírez me había pedido un relato para la edición del suplemento y yo, sin perder tiempo, había escrito uno al vuelo. En lugar de usar ese adjetivo había usado desapercibido: pasar desapercibido. Ramírez lo leyó y me lo tiró por la cara: “No se dice pasar desapercibido, se dice pasar inadvertido. Errores como ese no toleraré en esta oficina. ¡Carajo, se supone que esto es un suplemento cultural!”. Yo no entendía esos arranques academicistas en un hombre supuestamente contracultural.
—¿Y ya tienes el relato para la revista de Julia? —me preguntó.
—No —le mentí, pues era precisamente lo que estaba haciendo en ese momento. Terminando el relato para la revista. Usaba la computadora del trabajo para hacerlo, básicamente porque Ramírez ya se había encargado del suplemento de esa semana y había muy pocas cosas por hacer.
—Me gustaría leerlo —dijo él.
—Compre la revista Ramírez, este fin de semana lo termino en mi casa. Así que lo mejor será que compre la revista.
—Lo haré. ¿Qué opinas de la fidelidad Manny? En términos de ejercicio sexual quiero decir —me preguntó. Por el tono de la pregunta, supuse que iba a empezar con otra de sus ideas.
—No lo entiendo —le respondí.
—¿Una persona en pareja sólo puede tener sexo con esa persona? ¿Hacer lo contrario es ser infiel?
—Creo que sí.
—¿No hablaron sobre estas cosas con Julia?
—No soy un pensador Ramírez.
—Deberías serlo muchacho, sobre todo si estás dispuesto a encamarte con cualquier chica que se te cruce.
—No sé si estoy dispuesto a hacer eso.
—Te encantaría.
—Ud. qué sabe con quién me acuesto y con quién no, Ramírez.
—A mí no me importa eso hombre —dijo él, frunciendo el ceño y sacándose el cigarrillo de la boca—, se ve que no se puede conversar contigo sobre ideas, mejor termina lo que estás haciendo.
Le hice caso porque era lo que realmente quería hacer, terminar el relato y llevárselo a Julia para que lo leyese. Aproveché que Ramírez había salido al baño para imprimirlo. Siete hojas, un número interesante. Había leído que a Anthony Burgess le interesaba la numerología y a mí me interesó mucho “La naranja mecánica”. Dijo que cuando el humano utiliza un número, éste tiene que significar algo; él por ejemplo, no elegía el número de los capítulos de sus obras de manera arbitraria. Yo no trabaja así, nunca me lo había planteado. Sin embargo, me gustó mucho el hecho de que mi primer relato para le revista “Festín” haya resultado en siete páginas de puro sexo.
—Ya es hora de irnos —dijo Ramírez volviendo del baño.
—Yo ya me estoy yendo —le dije mientras apagaba la computadora.
Salí. Cuando llegaba a la esquina escuché el bocinazo de un carro. Era Ramírez que bajaba la ventanilla de su auto y se ofrecía a llevarme. Le dije que no, que prefería caminar. Aceleró y se fue. Prendí un cigarrillo pero la imagen y el olor de Ramírez fumando casi toda la mañana dentro de la oficina me dio una arcada. Tiré el cigarrillo y lo apagué pisándolo. No había comido nada decente en casi dos días, me di cuenta de que necesitaba de manera urgente una cerveza.

miércoles 8 de julio de 2009

¡Te lo dije!

Era Martín que me hablaba por el teléfono.

—¿Viste lo que te dije? —me preguntó.
—¿Qué cosa Martín?
—La gente se amaricona, se apendeja, se pone idiota.
—Jaja.
—¿No viste ahora esto de la gripe?
—¿Qué ha pasado? Ya sabés que casi no veo televisión.
—Que les adelantaron las vacaciones a los pendejos y ahora salen los padres por todos lados preguntándose cómo van a hacer para contenerlos en las casas.
—Jaja.
—¡Pero estamos todos locos che! A mí me ponían en el patio del fondo y mientras hubiera un poco de barro yo feliz, ¿ahora qué mierda hay que hacer?
—Jaja, los tiempos cambiaron Martín.
—¡Las pelotas! Es la gente que se ha puesto idiota.
—Algo de eso hay.
—Pero se ahogan en un vaso de agua, ¿son todos idiotas o qué está pasando? Pero viste que te dije que se están amariconando.
—Lo recuerdo Martín.
—¡Qué mundo de mierda! Paso por tu casa, ¿llevo una botella de whisky?
—No es necesario, acá tengo.

Colgó. Demoró alrededor de treinta minutos en aparecerse al frente de mi casa. Yo ya había empezado a tomar y a escribir. En realidad no quería tener visitas, pero igual le abrí la puerta. Tenía una sonrisa en la cara y una botella bajo el brazo.

martes 7 de julio de 2009

Diálogos inmortales

Luego apareció la enfermera jefe.
—Señor Bukowski —dijo—, no podemos darle a usted sangre. No tiene usted crédito de sangre —Sonrió. Venía a comunicarme que iban a dejar que me muriera.
—De acuerdo —dije.
—¿Quiere usted ver al sacerdote?
—¿Para qué?
—En su ficha de ingreso dice que es usted católico.
—Lo puse por poner algo.
—¿Por qué?
—Lo fui. Si pongo «ninguna religión» siempre hacen un montón de preguntas.

Charles Bukowski, "La máquina de follar".